En el invierno de 1925, con un Ford T y una determinación inquebrantable, una mujer leonesa se convirtió en la primera española en obtener el carnet de conducir. Su impulso será historia y encenderá la chispa del volante femenino.
Puebla de Lillo, 1925. Un pueblo dormido en el valle leonés. La nieve se acumula en los techos de pizarra. Entre el silencio, resuena un tanque metálico: el Ford T matrícula LE‑934, cuyos neumáticos chirrían sobre la escarcha. Al volante, Catalina García González, 22 años y el gesto firme. Afuera, algunos curiosos se asoman desde el quicio de la puerta. En su rostro, un leve temblor: la anticipación del momento preciso en que gire la llave y cambie el curso de la movilidad española.
Un carné forjado a la medida
Obtener aquel permiso no fue una formalidad: la Real Orden de 23 de julio de 1918 exigía a las mujeres no sólo el conocimiento técnico, sino también un certificado de buena conducta y aprobación masculina, sea del marido o el padre. Catalina, con su curriculum rural como conductora de mula y diligencia postal, presentó papeles, logró que su marido ruborizado firmase y se enfrentó al examen en León con la fuerza que sólo sobrevivientes rurales conocen.
El histórico carné, emitido en 1925, no es una copia impresa en ningún museo; su tesón sí lo es: logró que ese trozo de papel fuera la llave de un mundo nuevo para las mujeres y el motor que haría girar los caminos.
Su historia no terminó cuando arrancó el motor. Hoy se sabe que, tras haber cambiado al Hispano‑Suiza matrícula LE‑1634 en 1928, Catalina obtuvo la concesión de la línea Cofiñal–Puebla de Lillo–Boñar: fue la primera mujer en España en operar un servicio de transporte regular. Lo hacía gratis, llevando el correo, recogiendo a escolares y cargando carbón en el techo, al tiempo que su marido gestionaba la fonda familiar, donde los vecinos esperaban su regreso para cenar.
Atrapada en su trabajo a diario, agotada, arropada por el viento y un rigor casi heroico, condujo kilómetros cotidianos que nunca se vieron en postales.
La mujer que encendió el cambio
Cuando la Segunda República suprimió la exigencia del certificado conyugal en 1931, cientos de carné nacieron en España. Sin embargo, ninguna de esas nuevas conductoras puede ignorar la huella de Catalina: la pionera que abrió una puerta cuando aún no se habían construido las paredes.
Los documentos de la Dirección General de Tráfico reflejan el crecimiento de licencias femeninas tras 1931. Pero la primera que aparece, destacada por su nombre y matrícula, es la de ella.
Hoy, millones de españolas conducen cada día. Miembros de casa, gerentes, mecánicas, científicas de datos sobre ruedas… Pero hubo una chica que lo hizo primero. Y en ese momento, mientras giraba el volante, escribía un verso: “la libertad se aprende con cada arrancada.”


